¿Cómo ser empresario argentino y no morir en el intento?

Los autores postulan un reverdecer de preocupaciones y angustias frente a la destrucción del aparato productivo y, en especial, frente al “acostumbramiento” a que no haya soluciones legales adecuadas para las empresas. ¿Qué proponen ante este escenario? Encontrá en la nota la opinión de los especialistas.

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Por MARCELO G. BARREIRO
 y DANIEL E. TRUFFAT

LA RANA QUE HIERVE LENTAMENTE O CÓMO SER EMPRESARIO ARGENTINO Y NO MORIR EN EL INTENTO

Al analizar la instalación lenta pero segura de regímenes autoritarios, la ciencia política señala, como una de las técnicas favoritas, aquello que se denomina “hervir la rana”, aplicando la tesis del cuento. Significa que si se intentara arrojar al animalito al agua muy caliente, este trataría saltar y huir. En cambio, si se lo coloca en agua tibia que va lentamente subiendo su temperatura, llegará el momento en que la rana se haya desmayado -casi dormido- y así morirá en el agua que seguirá subiendo la temperatura.

Hervir la rana es un fenómeno que no se agota, por cierto, en la mera apropiación del Estado por personas o partidos hegemónicos, sino que también puede utilizarse como mecanismo para señalar toda degradación paulatina a la que las sociedades se van acostumbrando. Así ha ocurrido en nuestro país, triste ejemplo, con la educación pública; en una época de las mejores del mundo y claramente la mejor de habla hispana y hoy muestra palmaria de decadencia, desorganización y primacía de intereses sectarios.

Durante lo que llevamos de pandemia se han perdido medio millón de empleos (en blanco e informales). Han cerrado más de 50.000 pymes. Una encuesta comentada televisivamente anoticiaba que entre el 60% y el 80% de los empresarios venderían, si toparan con una oferta aceptable, su emprendimiento y que hay un 10% más que “lo pensaría”. La idea de oferta aceptable no exige necesariamente un precio satisfactorio, bien puede ser la liberación de garantías personales o el cargar con “el muerto” en una de las famosas ventas en la impactante cifra de un dólar. La cuestión clara es que no existen compradores, aun a los precios de liquidación que el mercado expresa hoy.

A su vez, entre quienes venderían su empresa, solo un 20% “pensaría” en intentar otro negocio aquí en Argentina y un 10% lo haría efectivamente. Sabido es que una crisis económica exige dinero para aportar a su salida, y claramente (guste o no -mucho más en países, como el nuestro, escasos de dineros públicos-) quienes podrán aportar dinero, para sostener emprendimientos o para generar nuevos, son quienes lo tienen. Y para que lo aporten deben darse condiciones razonables de certeza, previsibilidad económica y seguridad jurídica.

El resultado de tales encuestas es desolador.

La perspectiva de futuro es algo que se nos escapa de las manos, a gran velocidad y a mayor distancia. Y caer en la pueril explicación de la falta de carnadura patriótica del empresariado argentino es una justificación burlona que esconde la falta de condiciones adecuadas para el desarrollo de emprendimientos productivos en nuestro país desde hace mucho tiempo.

Mantenerse indiferente frente a tal realidad es como ser ranas en un primer y lento hervor. Para especialistas en el fenómeno concursal, el drama es más intenso. Es inferible que quien topa con cesación de pagos y quiere seguir peleándola está entre esos empresarios que defienden lo que aquí tienen y que tratan de mantenerlo. Pero nada se ha resuelto y regulado al calor de la pandemia (un triste y desleído proyecto de la HCD, exquisitamente empeorado por el Senado, ahora en una revisión en que la que quedará, Dios mediante, hasta el fin de los tiempos).

Todos sentimos, allá por marzo/abril del año pasado, que había que vestirse de combate, entrar a la trinchera de la defensa de las empresas nacionales y buscar alternativas para que sobrevivan. Básicamente en resguardo de las mismas como dadoras de trabajo. La postergación, semestre a semestre, de un DNU que veda los despidos y que impide invocar el caso fortuito o la fuerza mayor a un sinnúmero de emprendimientos que no pueden trabajar, o que se quedaron sin mercado, o cuyos costos se dispararon al infinito, es poco pan para hoy y muchísimo hambre para mañana. Un remedio de emergencia que ha excedido con creces toda tolerancia frente a su -al menos hoy- manifiesta inconstitucionalidad. Por lo demás, hemos visto cómo, aun a pesar de esa espada de Damocles, miles de unidades productivas (en algunos rubros como gastronomía y vestimenta) han cerrado definitivamente sus puertas sin resolver la contingencia laboral, ante la imposibilidad de continuar. Como siempre, o casi siempre, en el derecho mercantil la realidad le da la espalda a la norma si esta no tiene, amén de legalidad, legitimidad.

 

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Fuente: Erreius